Julio Serrano Echeverría

poeta y artista multidisciplinar

Ser el fuego 2017

Es posible que todo nuestro intento de tratar de explicar la vida sea nada más un mero pretexto para contar una historia. Se antoja fantasear que todo el delirio científico por explicar las estrellas, sea la manera en que cierto tipo de anciano se siente en su mecedora a contarnos la historia de la Gran Explosión. Un día la hija de un amigo hizo la síntesis que la ética estaba esperando: cuando haya que elegir entre dos opciones, nos dijo, elige siempre la mejor historia.

Aunque podríamos empezar a cuestionar cuál es el criterio para elegir la mejor historia, he de reconocer que hasta ahora la ganadora, en mi caso, es aquella que se empezó a contar antes de tener que tomar la decisión. Son caminos las historias, y a veces un camino observa a otro camino que transita paralelo, perpendicular, lejano, borroso allá en la montaña.

Y a lo mejor así empezó todo esto, colocando una piedra en la palma de mi mano y sintiendo que estaba ante una tremenda historia.

No debería ser en realidad un conflicto pensar que si el ejercicio es construir conocimiento la forma no tiene por qué ser un ensayo.  Es decir, en el acuerdo común de la palabra escrita –que tiene esta tan particular pulsión de imprenta – se presupone que el espacio natural para la reflexión que busca relacionar distintos eventos, objetos, historias, en un contexto muy particular, debería de ser un espacio ensayístico. Llama la atención cómo un texto “de opinión” o un poema, o una crónica o una simple bitácora podría verse como un complemento a aquel otro discurso, acaso más articulado, acaso sesudo y bien estructurado.

Siempre he reclamado a los cientistas sociales que publican sus investigaciones y guardan sus diarios de campo: lo primero que los hijos tiran de la biblioteca de la madre/padre cientista social, son sus libretas de campo, libreras y libreras llenas de libretas con apuntes que sería el equivalente a  tirar la carne y guardar el hueso. También les he reclamado una y otra vez que sean tan cientistas y tan poco sientistas. A lo que me suelen responder con una amable sonrisa que demuestra, irrefutablemente, que los científicos sociales también sienten.

Lo que sí es un hecho, es que estos textos, son un acompañamiento, una maceta, patio sin corral de una historia que les voy a contar con mis palabras, con mi cuerpo. 


Caminamos un trecho de un par de kilómetros que tenían de largo lo mismo que el lodo de profundo. Felipe, nuestro amigo Ixil, caminaba liviano sobre las piedras, sobre los troncos, llevaba un pantalón negro y unos zapatos de vestir del mismo color; al final del recorrido, salvo algunos pequeños salpicones de lodo, sus zapatos seguían brillando. Nosotros, por el contrario, estábamos con lodo hasta las rodillas, y en mi caso, hasta los codos. Tratábamos de subir  a un altar en medio de una milpa cerca del cerro de Juil. Felipe le llamaba indistintamente altar e iglesia, no dudo que en Ixil tenga mejores palabras para nombrarlo, pero sus acotaciones eran del tipo “estas gradas son la entrada del templo”, “acá se mira el muro de la iglesia” , “este es el verdadero altar del señor de Chajul”.  Al llegar, unas ruinas se erguían en medio de una milpa seca y caída, tal como quedan los sembradíos de maíz luego de la tapisca. 

En el lugar era fácil de reconocer algunas gradas, piedras que pudieron ser un muro, y entre ellas aún erguida la que parecería ser la esquina de algún lugar de la edificación.  Varios cientos de años se guardaban en esa esquina, en esa pared de un poco más de metro y medio que aún quedaba de pie, y que ahora es el altar principal de Juil, el lugar donde dicen que estaba Chajul al inicio, al inicio del tiempo hemos de pensar, sobretodo cuando Felipe señala una piedra que queda erguida frente a esta pared: esa piedra está ahí desde los orígenes del tiempo, nos dice, es un jaguar.

Yo veo fijamente a la piedra y está llena de vida, telarañas, insectos, musgos, hongos, el jaguar que está ahí desde el origen del tiempo es un árbol de raíces cámbricas, de raíces ígneas del cretácico, piedra volcánica hecha jaguar; quizá piedra caliza. A la memoria de aquel Jaguar habría que añadirle el trazo de la mano que lo hizo jaguar, como si se escribiera lo obvio sobre la piedra, y la palabra infinita de Felipe, “el inicio del tiempo”. Si se raspara un poco la superficie de esta piedra y encontráramos un material blanco, podríamos imaginar que antes de haber iniciado el tiempo, esta piedra era el fondo del mar.

Y el fondo de mar nos da vértigo. Por eso miramos sobre todo al cielo.


Un día
mi padre me enseñó
que el ocote
era el corazón de un pino joven.
Que cada vez que prendíamos un fuego,
aquel árbol
se convertía en luz.
El olor,
me decía mi padre acercando su nariz al tronco,
es la memoria del rayo
que estuvo todo el tiempo
a punto de tocar tierra justo en este pino.

Es mejor cuando se inclina,
decía mirando cómo el ocote formaba
una llama del tamaño de un colibrí.

Y hay noches oscuras
en las que pienso en las palabras de mi padre
y en el fuego de un ocote que se prende.
Hay noches oscuras sin fuego,
sin luz,
sin historias
y aún así,
llevo en mí el rastro
de aquel pino joven que nos encontramos
partido en medio de la montaña,
en el pecho, la memoria del trueno.


Tiene el fuego esa naturaleza hipnótica. Se pueden pasar horas observándolo. Por ejemplo la cantidad de horas sumadas de la historia de la humanidad desde que tiene control sobre el fuego.

“No está claro cómo lo produjo,

ya estaba ardiendo su fuego cuando los vieron Balam Ki´tzé

                                                                                Balam Aq´ab”

Tojil, el dios del fuego. También es una tentación escribir “nuestro dios del fuego”, o ya “nuestro Dios del Fuego”. Balam Ki´tzé cargaba sobre su espalda a Tojil, Balam Ki´tzé fue el primer hombre hecho de maíz y el primero en preguntar por el fuego. Y helo ahí que Tojil nos dio el fuego a cambio de ofrendarle. Alguna treta hubo en esta transacción y la ofrenda fue el sacrificio de muchos pueblos. Excepto de uno, el pueblo que lo robó, los kaqchiqueles “los de la Casa del Murciélago” según el relato. Entre los huicholes es un tacuazín el que se roba el fuego. Y bueno, Prometeo.

La trampa hermenéutica del fuego. El brillo en los ojos. De qué se trata la historia que cuenta. Su inagotable historia. Mi amigo Edgar Calel, un tremendo artista bastante complejo de describir, me dijo un día que los invasores habían quemado los libros de nuestros ancestros pensando que así los destruirían. Lo que no sabían ellos era que todo ese conocimiento venía del fuego, y que al quemarlos, estaban devolviéndolos a su origen. Es decir, anotaba Calel, para volver a tener acceso a esos libros, solo basta saber leer el fuego.


Sin embargo,
alguien contempla el fuego
todas las noches
con la seriedad de los cuerpos que titilan,
y siente la apremiante necesidad de robarlo.
Nadie alrededor lo sabe,
pero él no quiere pedirlo,
no quiere decir “me dejas llevar
un poco de tu fuego”
no quiere decir “qué tengo que hacer
para poderme llevar algo de tu fuego”.
Tampoco le preocupa, por ahora,
aprender a leerlo,
sabe que una vez en sus manos
podrá ir con los suyos
y decir
“yo tampoco sé nada del fuego,
pero acá está”.
Y cuando los suyos le pregunten
dirá “lo robé”
y la noche se llenará
de un calor
que nunca antes habían sentido.


Ahora bien, el dilema epistemológico que puede plantearle la oralidad al pensamiento occidental encuentra una ruta bastante generosa precisamente en la relación Tojil-Balam Kitzé, para el caso entre el dios creador y la criatura, pero también en la relación de estos dos con quien relata su historia, tanto en la aparición del fuego, en la ofrenda del envoltorio sagrado  como en el mismo libro, hay descritas características comunes que llaman la atención al origen de nuestros relatos,

en el caso del fuego:

“No está claro cómo lo produjo,

ya estaba ardiendo su fuego cuando lo vieron (…)”,

en el caso del envoltorio:

“No se sabía su contenido porque estaba envuelto, no se podía desatar tampoco,

no se notaba su costura porque ninguno vio cuando lo envolvieron”,

en el caso del relato:

“Había un libro original,

que fue escrito antiguamente,

sólo que están ocultos quienes lo leen

quienes lo interpretan”,

víctima de la trampa hermenéutica, la lectura podría ser la de la renuncia al origen único del relato, la abierta incertidumbre del origen de lo esencial es un acto profundamente liberador dentro del acuerdo común, la magia del fuego, del envoltorio y del relato es que su origen esencial es mucho menos interesante –intenso acaso sea la palabra- que los relatos que origina el hecho que esté ahí, acá, entre nosotros. O como me dijo un Tata una vez “si le preguntás a un guía sobre un nahual, y luego le preguntas a otro sobre el mismo nahual te van a decir cosas distintas y comunes, ante la pregunta de cuál de los dos tiene la razón, la respuesta es, indistintamente: ambos”.


Erupción volcán Santiaguito 1918

Una piedra
rueda abajo
por las razones
que las piedras bajan de las montañas,
por los secretos motivos
que las hacen redondas.

Rueda la piedra
y se escucha su canción
de rama quebrada,
de polvo en resistencia.

A su paso
la piedra no cae,
recorre,
camina con su geometría subterránea,
acaso submarina.

No elige entre un camino u otro,
el camino es
su ser piedra
de un volcán
a un río.

Acá en mi mano,
la piedra sigue recorriendo su largo trecho,
contando sus historias
y está solamente de paso,
incluso, si la entierran conmigo.


Quizá por la manera en que anhelo contar esta historia, me gusta pensar que existen dos formas elementales de contar un relato, frente a las luces, o alrededor del fuego.  Hay una pregunta que podría definir una posición u otra, ¿a quién le estás contando la historia?, ¿por qué la estás contando?

Pienso que no es lo mismo estar frente a un público que estar frente a una comunidad. No es lo mismo contarles esta historia en un escenario con sus rostros ocultos en el contraste de la luz, que estar con ustedes sentados, charlando, bebiendo algo seguro, o no, nada más estar ahí contándonos. Y un poco más.

Sucede con este proceso en particular, que el conocimiento bastante heterogéneo al que he tenido acceso por diversas y muy generosas fuentes, fue hilándose en mi cabeza como un relato que, cada vez que me siento con alguien muy cercano, sale de una manera parecida, pero siempre nueva. Hay algo sobre todo esto que no sabremos hasta el momento que nos lo contemos. Hay algo de todo lo que hemos aprendido que aún no lo sabemos hasta que lo contemos entre nosotros.


Una piedra,
el lecho marino
alzado en hombros
por el fuego.
La lluvia,
la lluvia del martes,
la lluvia del domingo,
el diluvio universal de todos los días,
la tormenta de los siglos,
de los siglos de los siglos,
la lluvia, el tiempo,
que cae sobre la piedra
y se acumula,
y la socava,
y la erosiona,
y la carcome,
y la lame,
y la enmudece,
y la acaricia,
y la recorre,
y la derrite,
y no la agrieta,
la perfora,
la dibuja,
la recita,
le traza en las manos,
las líneas,
el canto,
la memoria.
La gravedad,
la sutil fuerza del silencio,
hacia abajo,
por entre la piedra,
gota a gota
el silencio,
la piedra,
un río.

Un cuerpo,
dos cuerpos,
tres mil
y ciento cincuenta mil cuerpos,
y el río,
y los cuerpos,
y los cientos cincuenta mil ríos,
la piedra.
La suma del tiempo
sobre todos los cuerpos,
el mar.


Pasa con el autoritarismo que es como la gravedad, ahí está, ahí ha estado, ahí va a estar. Quizá volar era un impulso natural a ciertos espíritus, hasta que se volvió tan cotidiano. Pienso en Baudelaire:

El poeta es semejante al príncipe de las nubes
que frecuenta la tempestad y se ríe del arquero;
desterrado en el suelo en medio de los abucheos,
sus alas de gigante le impiden caminar.

Y cómo pesa la piedra que está sobre la tumba del gran poeta francés, y no pesa por metafísica, si por eso fuera el mismo Baudelaire le daría una patada, pesa porque tiene masa y porque hay gravedad, pesa porque pesa.

Nuestros cuerpos están diseñados para resistir la gravedad, somos una sofisticada maquinaria que, entre otras muchísimas cosas, resiste 9,8 m/s2, todo el tiempo. No es cualquier cosa erguirse, hay un acto radical y cotidiano en estar acá de pie, y seguir, insistir. Toda la vida en el planeta tiene su propia estrategia para resistir la gravedad, toda la vida tiene su propia manera de vivir con ella, digamos.



Kaji´ Imox
era el nombre de Sinacán.

Y claro,
fue un muchacho cuando fue muchacho,
y el líder de la resistencia kaqchiquel
durante la llegada de los españoles.

No fue una derrota,
me dijo un amigo,
fue el final de una era,
el inicio de otra.

De Sinacán
escribió
Bernal Díaz del Castillo,
Francisco Fuentes y Guzmán,
José Milla y Vidaurre,
Jorge Luis Borges,

y en El Libro del Cabildo se lee:

“Por ultimo, a 19 de mayo de 1540, despidiéndose el Adelantado para ir en su armada al descubrimiento de las islas de la Especiería, los capitulares le dijeron: que su Señoría tiene presos a Sinacán y Sachil, señores de Guatemala, y que su Senoria se va ahora en su armada, porque estos indios siempre han sido rebeldes, y de su estada en la tierra se temen, que se levantarán y harán algún alzamiento con que la tierra se pierda: y por ende, que piden a su Señoría, que o se los lleve en su armada o, si han hecho por que, haga justicia de ellos; porque de quedar ellos en la tierra, especialmente si se huyesen de la cárcel, que lo pueden bien hacer, se podía recrear
algún alzamiento de que se recrecería grande servicio a Dios Nuestro Señor y a su Majestad y gran fatiga de guerra a los españoles y muerte a ellos. . . Y su Señoría dijo: que lo verá y hará lo que mas convenga…”

Kaji´ Imox
era el nombre de Sinacán.


Y bien, parte de todo esto, del proceso sensible de la construcción del conocimiento, nos hace preguntarnos cuál es el rol de un escritor en una comunidad en el siglo XXI, el rol del poeta, el rol del artista. Cómo funciona ese juego de roles dentro de la lógica que rige a una comunidad, o dicho con mayor generosidad, qué hace un poeta en el universo de su gente. La imagen del ladrón del fuego es demasiado tentadora. Y romántica. Y por qué no. Muchos años pensé que cuando está toda la comunidad alrededor del fuego, cuando están todos los que tienen que estar, es decir, todos, el poeta se encarga de que el fuego no se apague. No es el fuego, no es la leña, no es el calor, ni la luz ni el humo, es ese tipo que le pone, literalmente, la leña al fuego. Y esa persona, acaso son varias personas en su comunidad, y ahí sí, el poema quizá sea nada más uno de esos leños, y el arte, y la política, y qué sé yo, leño sobre leño a lo largo de la noche, mientras nos contamos historias.  Y ahí están los cuerpos, nuestros cuerpos sintiéndose, escuchándose, serios, risueños, temblorosos como el fuego.

Y acá lo fundamental es tener algo que contar.

Y acá lo fundamental es tener a quien contárselo.

Y yo tengo algo que contar y a quienes contárselo.

Y tengo a quienes escuchar.



En esta parte de la página hay un poema que empieza siempre que esta historia se cuenta.