Julio Serrano Echeverría

poeta y artista multidisciplinar

Estados de la materia 2017

Es un tiempo oportuno para hablar del arte como experiencia. También es oportuno hablar de comunidad y de las formas en que nos organizamos para seguirle dando sentido a la vida, cada noche, cada sesión alrededor de un fuego que ningún poder ha logrado apagar.

Estados de la materia es una de las manifestaciones de una experiencia más compleja y generosa, el ensayo oral Ser el fuego, un proyecto que nació a partir de la Beca a la investigación y a la creación artística de la Fundación Yaxs y que tomó forma en la exploración de la imagen, del dibujo, de la tradición oral, de la construcción comunitaria y del conocimiento colectivo. De ahí que podamos imaginar que Estados de la materia también es un ensayo, un diario de campo, una libreta de bocetos, un libro de poesía y las notas al pie de un relato que existe sólo si nos reunimos a hablar alrededor de alguna de las manifestaciones del fuego y de la palabra.

Varios años de trabajo encuentran sosiego en estas páginas. En el transcurso de los días fueron floreciendo las piedras, algunas compartieron sus secretos, y otras sólo estaban ahí haciéndose palabras en estas páginas que, luego de largas y generosas conversaciones con muchas personas poseedoras de saberes y sensibilidades telúricas, quedan acá como el registro de un relato que apenas empieza a contarse.

Colección Bitol, 6
Poesía guatemalteca contemporánea
ISBN: 978-9929-591-39-4
100 páginas
2017
Agotado

Una piedra
rueda abajo
por las razones
que las piedras bajan de las montañas,
por los secretos motivos
que las hacen redondas.

Rueda la piedra
y se escucha su canción
de rama quebrada,
de polvo en resistencia.

A su paso
la piedra no cae,
recorre,
camina con su geometría subterránea,
acaso submarina.

No elige entre un camino u otro,
el camino es
su ser piedra
de un volcán
a un río.

Acá en mi mano,
la piedra sigue recorriendo su largo trecho,
contando sus historias
y está solamente de paso,
incluso, si la entierran conmigo.

Quizá por la manera en que anhelo contar esta historia, me gusta pensar que existen dos formas elementales de contar un relato, frente a las luces, o alrededor del fuego. Hay una pregunta que podría definir una posición u otra, ¿a quién le estás contando la historia?, ¿por qué la estás contando?
Pienso que no es lo mismo estar frente a un público que estar frente a una comunidad. No es lo mismo contarles esta historia en un escenario con sus rostros ocultos en el contraste de la luz, que estar con ustedes sentados, charlando, bebiendo algo seguro, o no, nada más estar ahí contándonos. Y un poco más.
Sucede con este proceso en particular, que el conocimiento bastante heterogéneo al que he tenido acceso por diversas y muy generosas fuentes, fue hilándose en mi cabeza como un relato que, cada vez que me siento con alguien muy cercano, sale de una manera parecida, pero siempre nueva. Hay algo sobre todo esto que no sabremos hasta el momento que nos lo contemos. Hay algo de todo lo que hemos aprendido que aún no lo sabemos hasta que lo contemos entre nosotros.

Una piedra,
el lecho marino
alzado en hombros
por el fuego.
La lluvia,
la lluvia del martes,
la lluvia del domingo,
el diluvio universal de todos los días,
la tormenta de los siglos,
de los siglos de los siglos,
la lluvia, el tiempo,
que cae sobre la piedra
y se acumula,
y la socava,
y la erosiona,
y la carcome,
y la lame,
y la enmudece,
y la acaricia,
y la recorre,
y la derrite,
y no la agrieta,
la perfora,
la dibuja,
la recita,
le traza en las manos,
las líneas,
el canto,
la memoria.
La gravedad,
la sutil fuerza del silencio,
hacia abajo,
por entre la piedra,
gota a gota
el silencio,
la piedra,
un río.

Un cuerpo,
dos cuerpos,
tres mil
y ciento cincuenta mil cuerpos,
y el río,
y los cuerpos,
y los cientos cincuenta mil ríos,
la piedra.
La suma del tiempo
sobre todos los cuerpos,
el mar.

Cuando empezaron a llegar a nosotros las palabras
una flor no era una flor
y la lluvia no era la lluvia
y el cielo,
la muerte,
el pecho
no eran sino las canciones que cantábamos
cuando aún éramos nuestros abuelos;
no eran las palabras,
era el fuego sin preguntas.
Entonces, fuimos poco a poco
ordenando el sonido
como se ordenan las piedras.
Antes que descubrir la palabra volcán
aprendimos a decir abuelo,
y así lo llamamos
hasta que descubrimos la palabra hermano.

Pensaba en la montaña,
en la montaña húmeda,
en la niebla entre los árboles,
en el aroma a tierra mojada,
a la tierra suya,
a la de sus abuelos,
a la de los abuelos de sus abuelos;
pensaba en el sonido de los pasos en las hojas,
en el de las ramas que se quiebran,
en el de los huesos que se quiebran,
en el de las puertas que quebraron,
las que lanzaron al fuego;
pensaba en los olores que llevaba el viento,
en las nubes grises,
en las hojas verdes,
las montañas azules del amanecer;
el musgo sobre las piedras,
el frío en las manos,
las manos rojas por el frío,
las manos rojas por la fuerza,
la fuerza de las piedras que ruedan por las veredas,
la fuerza de los ríos que las quiebran,
la fuerza la lluvia que lo llenaba todo,
la fuerza de las manos de su abuelo
que le enseñó que de ahí salía el copal,
el que quemaban en el fuego,
el que hacía un humo dulce,
el humo dulce que lo limpiaba todo;
pensó en todo eso cuando leyó al pie de una escultura
“resina”
pensó pues, que aquel cuerpo
era un cuerpo dulce,
ofrenda para un altar en sus ojos,
que hacían guardia en medio de la noche.