Julio Serrano Echeverría

poeta y artista multidisciplinar

Edipo 2014

Todo gran momento de la historia, en principio, es un momento personal. Una sensación. Lo que pensamos anecdótico, es aquello de corazón que no cabe en los libros de historia, que raras veces logra mostrar el periodismo. Eso que dejan ver aquellas grandes fotos, o quizá, lo que se cuela en el cuadro al fondo, como un incidente inesperado. La Historia pareciera ser bastante radical con el tema, le interesa aquello que es para la Historia. El cuerpo también es radical, aquello que se siente también se guarda para sí, lo que explicaría el agotamiento de las palabras, el balbuceo en la conversación tratando de traducir esa sensación. Pienso en estos versos de Pasolini:

Quieres SABER. no hay pregunta sobre algo

para lo que no hay respuesta: que solo tiembla en el pecho.

La respuesta, si la hay, está en el puro

aire del atardecer, encendido sobre las tapias.

Y entonces, este amigo está frente a mí, contándome cómo se peleaba con su amada en mensajes de texto, mientras filmaba los testimonios del juicio; a su derecha, otra amiga pensaba en el inminente divorcio con su marido. Y luego, en primera fila, otra mujer que acompañaba a su esposo, junto a hijos y nietos que estarían teniendo su propia experiencia pensando que su abuelo está acusado de cometer genocidio contra el pueblo Ixil en Guatemala. Yo estoy sentado escuchando el relato, imaginando cómo se observa la historia detrás de una lente, me gusta pensar que leí una vez a Benjamin decir que todo tiembla frente a la cámara, pero nunca volví a encontrar la cita.



En 1994, Guatemala transformó el proceso penal del sistema inquisitivo, en el que la investigación estaba controlada por el juez y el juicio se desarrollaba por escrito, al acusatorio, en el que la investigación está a cargo de un fiscal que, efectivamente, acusa en un juicio oral. Foucault  en su conferencia La verdad y las formas jurídicas, sugiere que Edipo es el primer texto en el que el sistema inquisitivo se describe. El juez, Edipo, investiga, recopila las pruebas y sentencia –a sí mismo-. Este primer caso, que también es ¿la excepción? Juez y parte Edipo, y también esa es su tragedia.

¿Cómo pasa por un individuo un juicio, uno de carácter histórico?, ¿acaso ese juicio que mirábamos por internet, que escuchábamos por la radio no estaba sucediendo en una versión personal, íntima, en cada uno de nosotros?

Pasó con este proceso que a partir del día a día del juicio por genocidio, los observadores generábamos nuestras propias versiones del procedimiento. Las redes sociales se llenaban de elucubraciones que pretendían ser una declaración procedimental de justicia.  Un juego demasiado extraño en el que desde cada espacio íntimo se construía la interpretación de los hechos. Y por íntimo me refiero a todo lo que ya hemos bocetado antes, el retrato familiar, los silencios cómplices, las contradicciones y dudas que están ahí, aguardando un momento menos frágil quizá. Edipo traza su propia ruta de investigación, de búsqueda de la verdad para averiguar si el oráculo estaba en lo cierto respecto a la tragedia que representaba él mismo: asesinar a su padre, desposar a la madre y tener hijos con ella, siendo él mismo el origen de los males de Tebas, pueblo al que, paradójicamente, había liberado del secreto de la Esfinge. Bien, Edipo busca, investiga y encuentra. Sin embargo, la síntesis de esa búsqueda por la verdad la encarna Tiresias, el adivino ciego, y nos coloca a nosotros ahí, frente a la historia quizá, quizá frente a nuestra propia historia, se lamenta pues Tiresias: “¡Ay! ¡Ay! ¡Cuán atroz es saber, cuando no trae provecho ni siquiera al que sabe!”, y ese saber es, irremediablemente, sentir.


Siempre hay una intimidad. La historia es también un retrato de familia. No es difícil empezar a revisar en nuestro pasado inmediato, los finos hilos que nos unen a un relato, o a otro. Y digo uno u otro por ese maniqueísmo perverso de la narratología que es, hay que decirlo, profundamente moral, y siempre, a su manera, termina describiendo la eterna batalla del bien contra el mal. La historia del abuelo, del tío, de la hermana, siempre forman parte de la Historia, todos guardamos en alguna gaveta un pequeño detalle que explica por qué leemos la historiografía de cierta forma. Así, la ideología también es intimidad, y como toda intimidad, es un espacio que no toma su sentido por quienes acceden a ella, es un pequeño espacio autónomo, ni siquiera control es la idea de esa autonomía, la intimidad de la ideología es probable que sea eso que define la pasión. La historia sintetizada en un botón.

O el viejo Marx peinándose la barba mientras piensa “no lo saben, pero lo hacen”.


Una amiga me dice que estas notas se parecen a las notas de las libretas de trabajo de campo. A mí me queda rebotando la palabra en la cabeza, campo, quizá sí somos un poco campesinos.          


Ha sido difícil revisar el material, una búsqueda en twitter y vuelve a doler el plexo solar (vaya palabra hermosa para un dolor tan extraño). Pareciera ser que siempre hay una parte de uno deseando entender de dónde viene ese dolor en la boca del estómago, digo, es un juicio, es el pasado, es un pueblo que, muy probablemente, muchos no conocemos, y basta con leer un par de líneas para volver a sentir ese dolor. Parece pues un dolor en la memoria. Alguna vez leí a un filósofo que decía que la voz era una de las partes más importantes del ser humano y que no tenía cuerpo. Me hace pensar en la memoria, quizá sucede algo parecido, cuando uno pierde la voz por alguna enfermedad respiratoria todo el mundo se transforma. Pasa entonces cuando entramos a esos lugares oscuros de la memoria, bastante más que un resfrío, duele algo profundo, quebrarse por dentro y sentirlo. La parte consciente sabe que hay una distancia, muchas distancias, entre la mujer que da el testimonio de cómo mataron a su padre de un machetazo en 1982 y escribir estas líneas sobre ese mismo testimonio. También es retórico decir que nunca vamos a entender el dolor de esta mujer, aunque sea verdad. Entonces añadir, nunca vamos a entender el dolor que sentimos nosotros con esta mujer, y en ese no entenderlo precisamente mientras se siente, pareciera haber una puerta, un campo santo en la memoria donde nos vuelven a doler todos nuestros muertos.


Pasa con el twitter que todas las palabras se van como en un río, Time line es el término aceptado para ese río, línea de tiempo, un hermosa metáfora para algo tan sencillo, palabras que se pierden al menos que quieran encontrarse. La lógica es la de la pérdida, la de la irrelevancia, la cotidianidad de lo efímero, acaso eufemismo de cierta forma de descaro lingüístico. Capturar la fuerza del lenguaje para estrellarla contra una pared, como cuando se tiraban pelotitas de papel llenas de saliva contra el techo, nada más para dejarlas ahí, ver que están pegadas y luego olvidarlas. Olvidarlas, claro está, hasta que alguien decide revisar tu archivo, volver a ver al techo. Qué pasaría, entonces, si alguien cuidadosamente despega del techo una de aquellas pelotitas, ahora diminutas plastas de papel petrificado, y la devuelve a tu mano, “esta pequeña piedra de papel guarda algo de tu ADN”.


Hay un criterio oculto, discreto, en cómo seleccionar con quién contactar. Uno revisa su foto de avatar, las publicaciones, los videos que sube, la intensidad de sus palabras, el género, la descripción que coloca debajo de su nickname. Un tipo que pone “la vida y vos me pelan la verga”, probablemente no sea una buena opción. El juicio entonces que se impone finalmente tiene que ver con el miedo, con el miedo al rechazo, al ataque, a la sociopatía cotidiana de este país, ¿de la humanidad?

Qué tiene que suceder para que luego de ver una foto de un avatar, un par de tuits y unas cuantas conversaciones uno piense “no, este es capaz de darme un balazo”, claro, esa afirmación habla más del que la piensa que del personaje observado. Y entonces regresa un argumento que parecía haberse superado, pero no: estás hablando sobre el genocidio en un país en el que es posible que uno de los chicos con los que quieres trabajar te ataque (¿o tú a él?). Bastante reduccionista la comparación, si se quiere, sin embargo, no es exagerado pensar que las ideas simples y cotidianas de las redes sociales, y la intención de exterminio, están conectadas, no es una relación causal, pero, a lo mejor, sí exponencial.


Este tuit me hizo reir mucho: “Si @quiquegodoy sigue diciendo que #Nohubogenocidio yo le digo para vos #Nohaycomida gordito”   la respuesta fue de altura “;-) ay sí ay sí”. Se intuye entonces que, aunque resulte bastante obvio, una de las características fundamentales para enriquecer una discusión es no solo conocer la terminología sino dominarla, aquello del lenguaje que no aparece en su literalidad es la fuerza que habilita las transformaciones, la que pone en apuros al transgresor que pensó que no había sido descubierto.


En medio de un algunos momentos intensos, la sentencia del juicio por genocidio, por ejemplo; no puedo sino pensar en el amor. Amar es un acto de resistencia que supera la vida misma, me refiero a todo esto que estamos sintiendo, es como si al fin se nos revelara el sentido pleno de ese sinsentido en el que hemos convertido el amor. Escribo una carta:

Nosotros veníamos en la carretera, yo tuve varias lecturas de poesía en la mañana con tres grupos de estudiantes gringos del primer año de la universidad. Y otra vez volví a sentir esa fuerza de la palabra. Esa fuerza en la que sé, o asumo, que cuando leo no leo sino canto la historia de un pueblo, de nuestro pueblo; que cuando estos chicos me escuchan decir algo sobre Guatemala, están escuchando a todo un pueblo que les habla; que las palabras que pasan por mí, no son mías, son nuestras.

Y así, tuve una mañana hermosa, un antropólogo me dijo «eso que tú haces es una experiencia comunitaria», y también lo decía porque ahí no dije «mis muertos», porque en comunidad no tenemos muertos en solitario: nuestros muertos. Nuestros ancestros son los mismos que los de estos chicos rubios que me escuchaban con atención y respeto; y son los mismos que los de las mujeres Ixiles que te abrazaron ayer; porque ayer, por primera vez, sentí cómo se siente ser un humano. 

La señal del internet no era buena en la carretera, así que paramos en un pueblito para poder escuchar la sentencia. El pueblito se llama Riffle, está al noroeste de Denver. El nombre es lo que parece, en el pueblito todas las tiendas se llamaban Winchester o Smith and Weason. La escena: El Capitán y yo en el carro dando vueltas por el pueblito, comiendo Kentucky Fried Chicken y yo llorando mientras el Capitán se hacía un poco el loco. Pasa que todo esto es muy fuerte para aquel, hasta este viaje conocí los detalles: su mamá estuvo presa 9 meses en Argentina, el ejército entró a la casa de aquellos a quemar los libros de la familia y, luego de eso, salir de Argentina cuando aquel tenía 7 años, detrás de miles de latinoamericanos que salían de un espacio que jamás los abandonó. Yo estaba viviendo lo que me tocaba a mí de la Historia, mi historia, en ese carro en medio de la carretera.

Hoy pensaba en esa sensación del día siguiente. Creo que hoy todo el mundo está lidiando con su propio juicio, con todos los sentimientos encontrados, y es que uno no sabía cuánto dolía hasta que dolió.

Te muestro, al fin terminé el poema aquel: 

A Otto René Castillo

«Los niños nacidos a finales de siglo serán alegres»
O.R.C.

Soy hijo del fin de siglo,
nacido en tu pueblo,
en tu cuadra,
a la vuelta de tu casa;
sin embargo, mi rostro no es de esperanza.
Todo lo contrario,
todo lo contrario.

octubre 2002

*Anotación tres años después

Tampoco todo lo contrario



**Anotación ocho años después

No sé, quizás te referías a este siglo

***Anotación el 10 de mayo de 2013

Los niños nacidos a finales de siglo serán alegres.


Muchos años después vuelvo a estas notas, edito cada página para un libro que saldrá cuando salga. Esta prisa de vernos tiene por contraparte la paciencia de encontrarnos. Se me pierde la mirada en una ventana donde veo una chimenea sacar el humo que calienta las casas de mi nuevo país. Lamento que esa afirmación no sea sobre Guatemala, no ha sucedido tal refundación, aunque pienso que migrar es también refundarse. Refundirse es una palabra hermosa que utilizamos para guardarse, es una forma de esconderse. La conexión no es solamente sonora, en refundar y en refundir hay un elemento clave, la única manera de fundirse con la tierra es que nazcan raíces, que te entierren o que te caiga un rayo y te convierta en obsidiana.

Veo por la ventana las montañas de este nuevo país, siento toda la historia de mi origen cuando veo montañas, los pliegues de la tierra se vuelven cimas que recogen agua y barrancos que las vuelven ríos. Descender al fondo del barranco es una imagen que solemos usar para hablar metafóricamente de una país sin salida, como Guatemala. Al fondo del barranco hay un río.


Llevo varios días escuchando los testimonios de las mujeres y hombres ixiles que sobrevivieron al genocidio. Lo hago como parte de la investigación para este proyecto. Y ahí no más, a un par de palabras de iniciado el testimonio, queda muy claro que escuchar estos testimonios no es una investigación. Hay algo en investigar que empodera a quien busca-lee-organiza la información. Ese algo que está ausente ante la plenitud del horror.  Sin embargo esa frialdad analítica, cartesiana, ante el horror pleno es la que ha permitido grandes textos desde las ciencias sociales, también ha permitido el análisis de los aparatos de inteligencia. 

Volver a escuchar estos testimonios es también historiografía, pero mucho más. El método científico generó cierto tipo de necrofilia que a veces se sacude uno temblando, temblando ante el terror. Y pienso que la repetición como estrategia narrativa de la oralidad podría darnos algunas luces. Volver a contarnos, volver a escucharnos, volver a reunirnos alrededor del fuego es una forma de mantenernos vivos, porque la historia y el pueblo, son lo mismo.


Hoy es 27 de abril de 2014, un grupo de aficionados de un equipo de fútbol mató a golpes a un chico del equipo contrario. Una de las publicaciones con las que trabajé es precisamente del 27 de abril de 2013, y dice “si su corazón no está contento, el mío tampoco. Y ser parte del descontento me da frío”. Sería irrelevante decir que en Guatemala abril es uno de los meses más calientes del año, imposible no pensar en Eliot “abril es el mes más cruel”, irrelevante sería hablar de la temperatura si a pesar de este calor del demonio no imperara hoy, tarde de domingo, la sensación esa del descontento que da frío. 


Anna Ajmátova, la gran poeta de la herida rusa, hacía cola frente a la prisión donde recluían a su hijo. Meses haciendo cola junto a otros varios cientos de rusos. Simbólicamente esa cola era la de millones de humanos, y no da igual. Ahí, de pie unos tras otros esperando noticias de quienes no sabían siquiera si estaban vivos. Una mujer reconoce a la poeta, la mujer se dirige a ella, queremos creer que con una cierta melancolía imperativa, y le dice «usted puede retratar esto», Ajmátova afirma, «sí, sí puedo» y la poesía golpea el pecho como una robusta mano abierta.

La sombra de aquella cola es la misma que se nos viene por fuertes oleadas, oleadas nacionales, oleadas humanas, ya podemos decir también pandémicas. Esa sombra que sí tiene que ver con la muerte pero que no es la muerte, que es el paso de la sangre por la herida, sin sangre y sin herida. Esta vez con el frío vino esa extraña sensación, las noticias suelen ser, en su peor versión, ácido bajo la carne, macabramente, maquínicamente. La sombra de esta fila que hacemos, hoy humanos, hoy guatemaltecos por razones que nunca entenderemos, porque ser guatemalteco es poético, en su explosivo sentido, en el sentido de la Ajmátova de la fila, y esta fila es lenta, dolorosa.

No se auguran días cálidos luego de haber despertado a los fantasmas, nuestros fantasmas que no son otra cosa sino esa otra manifestación de la pérdida de los nombres de nuestra realidad. Es decir, eso somos, ahí estamos, somos esta fila, somos la voz de la señora que pregunta «puede retratar esto», somos la contundente afirmación y la poesía que excede a la vida.

Y somos frágiles hoy y somos pararrayos. Es larga la fila que siempre es la fila, y es frío el paredón de la cárcel que nos sostiene. Y el valor, la bravura, el discreto coraje nos viene de muy dentro. Acariciamos las manos que se sostienen en  esta inmensa pared verde, y los pies cansados de tanto llegar y llegar sin saber a dónde llegamos, en el viento frío de un enero extraño encontramos que esta sombra que somos, que esta larga cola, es la lucha.

Me pareció que las llamas de tus ojos

Volarían conmigo hasta el alba.

No pude entender el color,

de tus ojos extraños.

Todo alrededor palpitaba

nunca supe si eras mi enemigo, o mi amigo,

y si ahora era invierno o verano.

Anna Ajmátova

21 de junio de 1959 Moscú  


Es bastante difícil tratar de explicar a qué se parece la esperanza sin caer en algún lugar común. Más difícil todavía pensar en la esperanza como algo nacional, como algo que nos pudiera incluir a todos. Suponer acaso que hay algo ahí esperándonos como una suerte de destino, como un merecido reconocimiento a un sino trágico desde el cual se habla. Algo sugiere que la historia puede cambiar, hay eventos que se antojan como una curva de una carretera desconocida: algo nos espera a la vuelta, el anhelo, la emoción por momentos. Mi amiga me habla de los desaparecidos, esta vez no para hacer algún recuento de la guerra, no para referir a algún caso en particular, habla de los desaparecidos en abstracto, en la doble abstracción de lo que implica ser un desaparecido. Pasar una vida recibiendo notas anónimas bajo la puerta donde dicen haber visto a tu hijo, a tu hermana, a tu esposa en un calle, caminando en un puerto quizá, “la vimos por la ventana del carro” podría decir la nota o “quizá esté enterrada ahí”, y pasarse la vida entera  empacando una mochila para ir a ese lugar al encuentro, y nada.  Mi amiga me habla de los desaparecidos y lo hace para hablar de la esperanza.


Fotografías de desaparecidos durante la guerra en Guatemala, ciudad de Guatemala

Cuando todo se calla, cuando solo estamos dos, cuando la complicidad es el punto de partida, el resultado suele ser inesperado. Hablo de la complicidad entre dos desconocidos, dos desconocidos que conversan: para ser cómplices hay un acuerdo previo, tácito, una agenda compartida que a ambos puede interesar.

Quise sentarme a hablar con amigos, con conocidos, con desconocidos, con espacios de diferencia, con la distancia. Ahí donde no hay cámaras registrando, donde no hay audios grabados, donde está el café, la cerveza y unas breves notas, es donde surgen las contradicciones, las dudas, todo eso que no se hace público. Porque al contrario de lo que proponen las redes sociales, sí hay una vida privada, sí hay algo que sucede fuera de la vista de los demás y que en ciertos espacios se comparte. La duda histórica, la contradicción ideológica, la más profunda y agresiva contradicción: dudo de lo que creo, dudo de lo que opino, hay algo de todo esto que no te he dicho, pero, por favor, no se lo digas a nadie.


Por alguna razón llevo varios días pensando en mapas, en esas cuadrículas coloridas que se despliegan para describirnos, más que un espacio, la manera en que concebimos tal espacio. La cartografía es un ejercicio de memoria. Encontrarnos a lo largo del tiempo, ahí es donde espacio y memoria se juntan, un lugar bastante lúdico para la historia.

Llevo varios días pensando en mapas, y ha de ser que atestiguamos un presente en el que los mapas se fueron a la mierda, sacudieron la cuadrícula y nadie sabe para dónde vamos. Uno se para en este país, en medio de cualquier calle y de inmediato se desorienta, dejamos de ver el sol, vivimos nuevamente el tiempo de la sombra. No estoy siendo dramático, nada más es una descripción un tanto intuitiva de un país que insiste en gritarnos en la cara “bajá los brazos y largate de aquí”.

Ha de venir un poco de ahí esta mi búsqueda en los mapas, volver a la geografía para explicar algunas pequeñas cosas. Volver a la geografía para explicar, por ejemplo, que nuestros volcanes forman parte de algo llamado Cinturón de fuego del Pacífico, vaya manera de nombrar una vena telúrica del planeta que conecta toda la costa pacífica desde Chile hasta Alaska pasando luego a Rusia, Japón, Filipinas hasta Nueva Zelanda, ahí el fuego, ahí la fibra sensible. Lo que nos sugeriría que la ceniza de aquellos cuerpos que lanzaron a los cráteres de volcanes en Chile, en Perú, en El Salvador, quizá sean piedra en Canadá o en Papua Nueva Guinea. Pensar entonces en la arena del Pacaya en nuestros techos, o en aquel lanzamiento de materia por los aires del volcán de Fuego,  vaya malabarismo, 29 kilómetros de altura expulsando la vida contra el cielo, quizá en respuesta a algún movimiento del horror en Filipinas o en Taiwán. Los volcanes responden, nos queda claro que la vida se impone, majestuosa, telúrica.

Es sencillo imaginar que el Pacaya, el Santa María, el volcán de Fuego, algún día van a desaparecer. Desaparecerán de donde estaban. Miles de años borraran su sombra, desaparecerá este país y muchas cenizas suspirarán de alivio, y nos queda claro que la vida se impone, ahí, precisa.

Llevo varios días pensando en cartografías y recuerdo un mapa que mi papá guardó, uno de la National Geographic de 1985, un mapa donde el planeta estaba partido en la Unión Soviética y otro montón de pedacitos. El clásico mapa donde Europa y Norteamérica están como en el centro y el etcétera que ya todos sabemos: la letanía colonial y el mono de la Pepsi leyendo el mapa de National Geographic. Pensé en ese mapa hoy que me la he pasado pensando en Luis de Lión, yo nací en diciembre del 83, y leyendo Los poemas del volcán de Fuego me nace del corazón y muy ingenuamente , ¿era todo horror en los 80?, y cae como un trueno la pregunta sobre el pecho y escucha uno de regreso los testimonios de una guerra  que al parecer fue precisamente detrás del amor. Pero quiero insistir que nací en aquella década, y mis amigos nacieron en aquella década, y entre nuestros nacimientos desaparecieron a Luis de Lión, y algunos meses antes mis padres hacían el amor, y los de mis amigos, los padres de esta generación en la que vivo, hacían el amor y se decían palabras hermosas al oído, recorrieron sus cuerpos y buscando algo. Pareciera una herejía recordar el brillo en los ojos de nuestros viejos en las noches más crueles del horror, y suena terrible pensar en las caricias cuando sabe uno la cantidad de cuerpos partidos, reventados, ultrajados contra la piedra y el fuego, así podría sonar y sin embargo estoy yo acá, y están ustedes, y mis hermanos, y pasó así en Chile, y en Perú, y en Bolivia y en El Salvador y Nueva Zelanda y en Japón, y pasaba algo así en algún lugar de Antigua Guatemala, en San Juan el  Obispo, y pasaba algo así en las manos de un joven maestro, uno que estaba enamorado, uno que escribió

“la aldea que yo traía en la cabeza

fue tomada por asalto y arrasada”

y hablaba del amor aquel poeta, y como él es fácil de recordar a Otto René Castillo, a Alaíde Foppa, a Roberto Obregón, enamorados, ardiendo, literalmente, el fuego inclaudicable del amor. 

Vuelvo a pensar “Cinturón de fuego del Pacífico”, ¿significa algo totalmente distinto en 1984 que en ahora? Significa algo totalmente distinto hace algunos minutos y ahora que compartimos estas palabras como una mano que aprieta mientras sonríe silenciosa.

Llevo varios días pensando en mapas, quizá por eso sospecho que a Luis de Lión le pasó algo parecido con un cuerpo, con el suyo y con el de alguien que aún ama. Presiento que le pasó aquello de volver palabras algo que es espacio, algo que se busca, el anhelo ancestral de llegar, de encontrar, el ansia infinita de llegar a un destino, los mapas.

Y entonces me encuentro a Walter Benjamin, digamos a  una edad intermedia entre la de Luis y la mía,  escribiendo:

“Viejo mapa: una gran mayoría de la gente busca en el amor su hogar eterno.  Otros (muy pocos), un eterno viaje. Estos son melancólicos que evitan el contacto con la tierra. buscan a quien mantenga lejos de ellos la violenta nostalgia del hogar. Y, a eso, son fieles. Los libros y tratados medievales cuando se ocupan de tal temperamento conocen el anhelo que abriga esta gente por el viaje”.

Nos encontramos, un poco por casualidad, Benjamin, Luis de Lión, mis amigos y yo en una esquina del centro histórico de Guatemala de la asunción, y alguien pregunta ¿de qué lado sale el sol? e instintivamente los otros señalamos hacia allá, hacia el oriente, sin ningún mapa en las manos.


Estábamos cenando para celebrar cualquier cosa, la amistad, podría ser. Una noche bastante normal, si se quiere, y la conversación la de dos grandes amigos. Repentinamente él hace una pausa y decide hacer una declaración, literalmente así, declararse, habla sobre la inutilidad del maniqueísmo de las consignas, y de lo que considera la superficialidad de algo que es esencialmente profundo –no sé si lo dijo pero la imagen está ahí: una herida-. “Sí hubo o no hubo (genocidio), parece un partido esa mierda”  se sincera, y su opinión me hace temblar un poco, precisamente por no saber qué hacer, por no saber qué decir, por no entender qué se siente cuando surgen diferencias profundas del lado más cercano posible. “Compartimos todo, menos esto”, parecía decir, y luego “quería decírtelo desde hace rato”, eso sí lo dijo, y era verdad. Era una confesión de trinchera, era uno de mis mejores amigos lanzando un sapo sobre la mesa. La conversación se tornó incómoda por unos segundos, bien, no era una conversación, era la confesión honesta y brutal de un amigo, era el gesto más transparente que había encontrado en el inicio de una búsqueda en medio de la historia. No era un espejo, no era un síntoma, no era ni siquiera una toma de postura, era la declaración abierta de la diferencia, era pues, una declaración infinita de libertad. Conozco la historia de mi amigo y él conoce la mía, hemos sido testigo de ambas, hemos recorrido las mismas veredas, juntos además, y al mismo tiempo, y haberse detenido en el camino, jalarme del hombro para que yo me detuviera también, parar un instante y decir “escuchame, pará, escuchame”,  y luego volvimos a las papas fritas, con la sensación de una gran distancia, que duró solamente un instante. Cenamos, seguimos celebrando cualquier cosa, y al paso de los días, reescribiendo esta nota, me doy cuenta que nada se rompió en aquella diferencia, no eran contradictorias, y, también tengo que decirlo, el tiempo le dio la razón. Muchas profundidades hay para hablar sobre la importancia del reconocimiento del genocidio, y entre todas ellas hablar de la trampa del maniqueísmo del sí hubo-no hubo. Es decir, aquella noche mi amigo señaló una profundidad que no habíamos visto, las grietas ya estaban ahí, es nuestra forma de conectarnos con el fondo de la tierra.


Parece que hablar de la historia es hablar del tiempo. Entre la cosmovisión maya y mis amigos astrofísicos cada vez entiendo menos del tiempo. El espacio-tiempo, al parecer, es fácil de entender, pero veo el reloj y el espejo al mismo tiempo y nada, hablar del tiempo es hablar de una de las abstracciones más radicales de nuestra consciencia, y la historia tan bien portada ahí paradita en un pasillo, haciendo la fila ordenadita, bien peinada: un sociólogo mexicano del Colegio de la frontera Norte, me comentaba de lo común que eran los relatos dislocados de los migrantes, relatos sin pies ni cabeza, con saltos en el tiempo y en el espacio, relatos realmente “sin sentido”. Nosotros, decía refiriéndose a sus colegas de las ciencias sociales, paramos organizando el discurso para tratar de llegar a donde nos interesa llegar. 

El tiempo, como esa idea de hablar del retraso en Guatemala. El poeta alemán Hans Magnus Enzensberger sintetiza una visión matemática del tiempo, llamada teoría de la transformación pastelera:

“Siguiendo el modelo de la transformación pastelera, la masa se disuelve en una cantidad infinita de puntos errantes que se separan unos de otros para volver a encontrarse más tarde, sin que nadie sepa cuándo ni por medio de qué rodeos. De este modo tienen lugar inagotables contactos entre las más diversas capas cronológicas”. Así explica el poeta lo que conocemos como un pastel milhojas.

Así el tiempo, los saltos en la historia. Todo esto porque me da muchas vueltas en la  cabeza la idea que Guatemala no vive un retraso. Pienso que más bien es al contrario: Guatemala hoy, inicios del siglo XXI, es el futuro de la humanidad. Hemos acelerado los procesos que la humanidad ha venido armando desde un par de milenios, y la conclusión es simple, el sistema en el que nos metimos nos destruye a gran velocidad. Amigos terrícolas, véanse en este espejo del futuro: nos destruimos, defendemos a ultranza la máquina de terror.

Los sueños nos vienen de otro lado, quizá de las piedras, de donde resurgirá la vida en algunos miles de años, muy probablemente sin nosotros. Poéticas serán las bacterias, o el simple sol creciendo y absorbiéndonos justo antes de convertirse en una enana blanca. Un día en la sublime altura del templo IV de Tikal escuché a un niño preguntarle a su papá “¿cuándo van a terminar de construir esto?”.


Una noche en casa de mis padres
descubrí que guardaban
los restos de un antiguo reloj de arena
que durante años estuvo en la cocina.
El reloj ahora quebrado, partido en dos,
era uno los juguetes discretos de mi infancia,
verlo agotarse y darle vuelta
y agotarse de nuevo.

Los descubrí, a los restos,
no sin tristeza,
estaba quebrada ahí
mi primera concepción del tiempo.
Sin embargo, guardan el reloj
aún con la arena blanca
en una de sus partes
y entonces pensé en el amor.