Avistamientos (edición especial)

Editorial: Edición especial autor
Género: Novela guatemalteca
Páginas: 102
Año de edición: 2026
ISBN: 978-99939-2-866-9

Ilustraciones: Jorge «Perico» Carbajal

Puedes adquirir la edición especial escribiendo a julioserech@gmail.com

Algo nos susurra al corazón la posibilidad de estar viviendo un tiempo final; ¿por qué no habríamos de cantarle una utopía?

Avistamientos es un relato sobre cierta forma de final, digamos, el fin del mundo. Es una novela breve que nació de la poesía pero con la voz de la literatura infantil, aunque también anhela ser un ensayo sobre las fuerzas de la naturaleza y el paso del tiempo. Literalmente, es una utopía sobre las cosas que acaban y las posibilidades de los inicios.

Ilustrada por el uruguayo Jorge “Perico” Carvajal, Avistamientos es también un lugar para visitar en estos tiempos de incertidumbre que, ojalá, también sean de esperanza.

1

Aquella iba a ser la última noche para todo el mundo, al menos para aquel mundo. Alguien había empezado a girar el reloj de arena que había llenado todos esos terrenitos, montañas de tiempo que se fueron haciendo ideas, personas, hogares, animales, cultivos, despistes y sus respectivos papelitos para que no se olvide.

Pero, entre todo aquello que había nacido en ese conteo del tiempo, no estamos tan seguros de que, en algún lado, estuviera anotado qué se iba a necesitar el día de mañana.

A ver, para crear un universo se necesita poco menos de veinte partículas, y el caos completo en una caja de fósforos.

Claramente, todo empieza con un canto, acompasado en un latir que todavía no tiene corazón, ta ta ta, ta-tá y se repite, ta ta ta, ta-tá. Los tambores del universo, sin tanto enredo, y la caja de fósforos.

Dieciocho piezas, entre fuerzas y partículas, y una explosión de pura incertidumbre. Un “no sé” del tamaño de lo que exista. Un “se me olvidó” que lo abarque todo y que nazca así, con la memoria despistada y suficiente fe en el ritmo: del corazón de la nada hasta los pies del todo: un dos tres, un dos tres, un dos; un dos, un dos tres, un dos tres. 

Todo el universo creado de aquel kit de sobrevivencia universal –valga la redundancia– nada más para que en aquella noche el bosque escuchara a un muchacho tratando de aprenderse una canción. ¿La última?

Su voz tampoco era muy buena, pero el bosque –y el universo– agradecen la confianza para una serenata tan particular.

Claramente, crear un universo es algo que puede pasar varias veces en un mismo día. Basta una visita inesperada y una historia como esta para que empiece o para que termine.

Felipe

Él decía que lo trajo el viento, pero yo sé que lo trajo el amor. No es que él lo negara, pero siempre quiso ser personaje de un corrido, antes que relato de ocasión. Contaba, a veces, que llegó a caballo, también que salió un día para ver cuánto aguantaban los zapatos. Dijo que era arriero, soldado, marinero, fotógrafo, albañil y licenciado. Contaba que, al llegar, le decían el mexicano, y así quedó, en la inmensa foto que ahora está en la biblioteca. Aparece con su cara de bandido y de mexicano, que si alguna cara tendrá nuestro vecindario será solo una leve variación de esta, la nuestra. No era por fenotipo, era por la pura historia, la historia del señor que un día llegó y se enamoró, pero no lo contaba así, creo que porque le dolía. Una mañana, al salir de casa, miró para los dos lados y decidió seguir, paso con paso, uno delante del otro, huellas de polvo con las que un día, finalmente, escribiría su corrido.

13

Habrá quien duerma su última noche sin que le pase nada.

No insectos, no vasos derramados, no crujidos musicales de la madera, no levantarse a hacer pipí, no páginas nuevas en el libro, no la pijama que le gusta, no agujeros en los calcetines, no jugar con una tapadera abandonada, ninguna piedra para su colección, no canciones en la chimenea, no golpearse el dedo meñique en el mueble antiguo de la abuela, no sueños extraños, no sueños normales, no comida atrapada entre algún diente, no caras en el espejo, no ejercicios antes de dormir, ni de matemática ni de estiramiento, no sexo.

Solo el cansancio normal de quien termina una noche y se sirve una manzanilla para la digestión, que tampoco le molestó esta noche. Tampoco recordará nada que tenga pendiente ni sentirá que algo habrá de pasar algunos minutos después de que se haya quedado profundamente dormida.

La breve estrella vital

He vuelto una y otra vez a las aguas de estos cenotes de la memoria, ofrenda en mano, he derramado mi sangre, colocado flores, he quemado velas, leído poemas y aplaudido feliz, emocionado hasta las lágrimas, de poder remojar mis pies en las aguas poéticas de tu destello. 

Me tomó largos años entender el valor de nuestra estrella, al Sol le debemos y le agradecemos absolutamente todo. Y tú que llegaste por acá, también por su fuerza, por su luz, y que preferiste quedarte entre nosotros para que podamos agradecerte a ti, estrella temporal, canción de fuego, meteorito que fundaste y fundiste todo. Reiniciador de la vida, acá me tienes moviendo mis piecitos en las aguas de tu memoria para, de nuevo, traerte flores.

Me gusta saber que hay una capa de nuestra tierra en todo el planeta gracias a ti, cataclismo, extinción, brazo de la muerte, sí, a todo, pero bastante más. Aquel miedo no lo hemos vuelto a vivir, seguramente, pero tampoco aquel renacimiento. ¿Cómo se cruza uno al otro lado de la vida? ¿Cómo se sigue después de tanto tú, de tanto fuego y tanto viento y tantos mares desbordados y erupciones y oscuridad? La respuesta seguramente es que tú, el fuego, el viento, los mares desbordados, las erupciones y la oscuridad no son otro lado, sino el mismo, los dos lados de un río son el río, lo dijo con tanto amor nuestro poeta: si lleva agua es río, si no es camino. Si reinventa la vida es vida, si renace, si se seca lentamente para volverse polvo que será luego humedecido por un diluvio, también es vida.

Hubo una noche antes, por supuesto, algo evidente habrás sido. Podemos imaginar que aquellos inmensos saurios no te habrán nombrado ángel ni diosa ni poema, aunque fueras ángel, diosa y poema, mariposa nocturna que te acercabas cada día más hasta que acercaste todas las noches de junto: en el segundo cero eras del tamaño del monte Everest, de Guatemala de la Asunción, de París, del tamaño de la vida cuando la vida va a ser reinventada. Digamos, lanzar el lago de Atitlán a la velocidad de un deseo espacial, destello de poesía de cinco segundos, un flash que nos trajo acá a la vida: 70 000 kilómetros por hora, nuestras cabezas no saben cómo imaginar tanto amor, tanto camino. Lo dijo otro poeta nuestro: alcanzar la altura de la estrella hundiendo la mano en el charco que la refleja, pero esta vez la estrella nos alcanzó antes del reflejo y nos volvió semillas para todo el mundo. Se ha limpiado el terreno, se ha preparado la llegada de la milpa.

Primero, se incendió todo, lo llenó todo, lo terminó todo y lo empezó todo antes de que fuera escuchado. Lo dijo también otra de nuestras poetas, brutal estación del silencio también fuiste, rayo de destrucción, estruendo de la vida.

66 millones de años nos distancian, nos gusta contar las vueltas completas a la estrella, todos nuestros ancestros lo hicieron, todos los descendientes lo harán, y seguirán contándose los años desde tu llegada, aunque somos bastante, bastante, bastante menos que el tiempo que te honra.